No estaba cansada, esta harta. Encadenada por su propio orgullo, el mismo que le había cortado las alas de su imaginación, de su inocencia Empezó a echar de menos, la sonrisa que antes tachaba de tonta, y ahora empezaba a resultar sincera. Pero ya era tarde, todo estaba perdido. Solo le quedaban los recuerdos las señales de humo, la esperanza de que alguien especial las viera. Los gritos echos de silencio, ese que se paseaba incómodamente por los pasillos. Un orgullo útil cuando eres capaz de tragártelo pero una tremenda pesadilla si es él quien te traga a ti. Otra vez ha aprender la lección demasiado tarde, a saber que aquel error ya no tiene remedio.
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